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DEREK WALCOTT.
Al mediodìa, una paloma de tierra escondida entre los àrboles
ululò como una caracola o como un niño soplando en una
/botella
detenida en una sola nota de exasperante quejumbre sin
/fatiga;
era màs baja que la garganta agobiada de pesar del ruiseñor,
pero para Helena, que estaba descolgando las sàbanas secas
del alambre, en el patio de Hèctor, el monòdico lamento
brotaba del hoyo que habìa en su corazòn. No era el canto
que gorjeaba desde la malla llena de venas de Agamenòn,
sino la O modulada por lo bajo de una flauta arahuaca.
Bajò las sàbanas, arrojò piedras al ruido
de aquel limero de detràs del cercado, y buscò el vuelo
asustado de la paloma entre las ramas de sus propios nervios.
Pero las Oes la rodeaban, negras como las viejas llantas
donde Hèctor cultivaba violetas, como las burbujas del agua
jabonosa donde ella fregaba la acanalada tabla de lavar,
y asì, tercas làgrimas le empañaban el puño. No era Helena
/ahora,
sino Penélope, para quien un solo mediodìa eran tan largo
/ como diez años,
porque èl no habìa regresado, porque se habìan ido
del ayer, porque los miedos de los pescadores
se extienden por los àrboles de espuma. Vio una piedra de
/blanqueo
secàndose con el jabòn, las huellas de hùmedos pies
/borràndose
donde habìa descolgado de la cuerda el vestido amarillo
mientras la paloma de tierra zureaba una y otra vez, tan
/cargada
de dolor en el limero que el vestido alimonado era su signo.
Abrazando las sàbanas secas entrò en la casa donde el gemido
No podìa alcanzarla, embutiò las sàbanas en el cesto.
Se desabrochò la falda, se quitò la blusa, las braguitas y
/ el sostén.
Se tendiò a lo largo sobre la desaliñada cama, prieta y
/desnuda
como Dios la hechò al mundo. No era suya la mano
que se arrastraba como cangrejo, cada vez màs abajo,
hacia la cueva de sus muslos, no era la suya ni la de
/Hèctor,
sino la mano de Aquiles, ayer. Se dio despacio la vuelta
sobre el vientre y se vino tan pronto como èl entrò en ella.
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